El día que atravesamos Baviera

 

Que un viaje es una aventura, nos quedó claro desde el primer momento. Era lunes 15 de febrero y casi no podíamos creernos que estuviéramos en el Franz Josef Strauss, ni más ni menos que en el aeropuerto de Múnich (München, para nosotros). Todavía nos quedaba un largo trayecto hasta Mühldorf, nuestra puerta de entrada a la alta Baviera donde haríamos un transbordo en tren que nos llevaría hasta Trotsberg, un pueblo de unos quince mil habitantes en cuya Schule íbamos a asistir una semana a clase.

 

En el viaje de ida (Haupbahnof, München, Trostberg) ya casi nadie se acuerda: algún mareo, alguien que hizo alguna estación más de la cuenta... Lo cierto es que se cumplió el plan de viaje que habíamos programado. Visitamos Múnich y participamos muy orgullosamente en la dinámica de sus clases. Visitamos (no todos) el Chiemsee, ese gran lago de la Alta Baviera que junto, al verde de sus cuidadísimos campos, le dan un cierto aire veneciano, como si el paisaje nos avisara de que estamos a punto de entrar en el norte de Italia.


 

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El jueves llegamos a la cima. Después de las clases, am Abend, como dicen ellos, nos organizaron una pequeña fiesta: palabras como Bretzel, Schnitzel, Weisswürst, Spezi, o Apfelschorle y juegos como el Bierkasten formarán parte, para siempre, de nuestro vocabulario y de nuestro corazón. El viernes 19  una excursión a Salzburgo. Su colegio sólo les había dado un día para excursiones y tendríamos que viajar solos; éramos 23. De su escuela nos había gustado casi todo: clases de 8 a 13.45, 42 minutos por clase, unas instalaciones envidiables además de una hospitalidad y una generosidad que siempre recordaremos.

 

Cuando el viernes salimos de la Estación central de Salzburgo y alguien propuso hacerse una foto en la Südtyroler Platz antes de coger el tren de vuelta a Trotsberg, empezamos a ser conscientes de que habría un antes y un después de aquel viaje. Habíamos atravesado Baviera, y nuestro miedo al alemán quedó atrás, algo que, hasta el viaje, veíamos como una barrera infranqueable (los idiomas nunca deberían serlo). Hay que reconocer que el nivel de español de nuestros compañeros alemanes es sensiblemente mayor que el nuestro; para ellos es su segunda lengua y le dedican cuatro horas a la semana. Para nosotros, en cambio, es nuestra cuarta lengua y sólo le dedicamos dos horas a la semana.

 

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Nos despedimos. Cada uno pasaría el fin de semana con su familia. La mayoría tenían planes para visitar esa hermosa pared blanca que son los Alpes y que sólo habíamos visto desde el avión cuando aterrizamos el primer día. Algunos harían snowtubing, otros se tirarían en trineo, otros esquiarían… Queda el eco lejano de algunos llantos y lloros de aquel lunes 22 por la mañana en que nos despedimos de nuestros amigos.

 

Ellos vendrán en abril. Ahora, a nosotros, nos queda el reto de acogerles con la misma hospitalidad y generosidad con que ellos nos han acogido. Saldrá bien, lo sabemos, porque en ello pondremos todo nuestro empeño y dedicación.

 

Alumnos de 3º y 4º de Alemán, Col·legi Sant Antoni Abat.

Son Ferriol, 24 de febrero  de 2016.


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